Hay una frase que, aunque tiene un tono irónico, contiene una pregunta profundamente importante:
“Hay gente
que lleva 15 años preparándose para estar lista: sana una herida, aparece otra;
sana esa, aparece el linaje; luego una vida pasada; a este paso estará lista
para vivir realmente en 2087.”
Podemos
sonreír al leerla.
Pero también
podemos detenernos.
Porque
detrás de ese humor existe una realidad que muchas personas viven dentro de sus
procesos espirituales y terapéuticos: la sensación de que todavía no están
listas para vivir plenamente.
Primero
tengo que sanar mi infancia.
Después tengo
que sanar la relación con mamá.
Después la
relación con papá.
Después el
abandono.
Después el
rechazo.
Después la
autoestima.
Después el
miedo.
Después el
linaje.
Después las
creencias heredadas.
Después una
supuesta vida pasada.
Después el
karma.
Después los
bloqueos energéticos.
Después los
chakras.
Después el
niño interior.
Después las
heridas de pareja.
Después
tengo que elevar mi vibración.
Después
aprender a poner límites.
Después
liberar emociones.
Después
trabajar mi sombra.
Y cuando
parece que finalmente estamos llegando a algún lugar…
aparece otra
cosa para sanar.
Y entonces
pensamos:
“Todavía no
estoy listo.”
Y la vida
continúa.
Pasan los
años.
Cambian las
personas.
Cambian las
circunstancias.
Los hijos
crecen.
Los padres
envejecen.
Los amigos
toman sus propios caminos.
Las
oportunidades aparecen y desaparecen.
El cuerpo
cambia.
Los sueños
cambian.
Y nosotros
seguimos preparándonos para comenzar a vivir.
Quizás sea
momento de hacernos una pregunta diferente:
¿Y si la
vida no estuviera esperando que terminemos de sanar?
Porque quizá
nunca terminemos de sanar completamente.
Y eso no
significa que estemos condenados a vivir incompletos.
Significa
que sanar y vivir pueden suceder al mismo tiempo.
La idea de que algún día estaremos completamente
listos
Existe una
fantasía muy atractiva dentro del crecimiento personal:
“Cuando sane
esto, finalmente podré vivir como deseo.”
Cuando sane
mi miedo, viajaré.
Cuando sane
mi autoestima, amaré.
Cuando sane
mi relación con el dinero, emprenderé.
Cuando sane
mi pasado, seré feliz.
Cuando sane
mi ansiedad, comenzaré ese proyecto.
Cuando sane
mi niño interior, podré relacionarme de otra manera.
Cuando sane
mi linaje, dejaré de repetir historias.
Cuando sane
completamente…
entonces
viviré.
El problema
aparece cuando ese “cuando” se transforma en un lugar permanente.
Porque
siempre puede aparecer algo más.
La vida
humana es compleja.
Somos
historia, experiencias, vínculos, aprendizajes, pérdidas, deseos,
contradicciones, sueños y transformaciones.
No somos un
proyecto que algún día quedará terminado.
Y quizás una
de las mayores comprensiones del camino interior sea precisamente esta:
No vinimos a
convertirnos en seres humanos perfectamente resueltos.
Vinimos a
vivir.
A
experimentar.
A aprender.
A
equivocarnos.
A amar.
A perder.
A volver a
intentar.
A descubrir.
A cambiar.
A crecer.
A veces
también a rompernos un poco y luego descubrir nuevas maneras de reconstruirnos.
Sanar no significa dejar de
tener heridas
Hay una
diferencia enorme entre sanar una herida y convertirse en alguien que
nunca vuelve a sentir dolor.
Sanar no
significa que jamás volverás a sentir miedo.
No significa
que nunca volverás a enojarte.
No significa
que jamás volverás a sentir tristeza.
No significa
que nunca tendrás inseguridades.
No significa
que ninguna relación volverá a tocar una parte sensible de ti.
No significa
que el pasado desaparecerá de tu memoria.
Sanar puede
significar algo mucho más sencillo y profundo:
que aquello
que antes dirigía tu vida comienza a dejar de hacerlo.
Puedes
recordar algo doloroso y ya no quedar atrapado allí.
Puedes
sentir miedo y aun así avanzar.
Puedes
sentir tristeza y continuar viviendo.
Puedes
reconocer una herida sin convertirla en tu identidad.
Puedes
decir:
“Esto me
duele.”
sin tener
que decir:
“Esto soy
yo.”
Y esa
diferencia transforma completamente el camino.
El problema de convertir la
sanación en una meta final
Cuando
pensamos en sanar como una meta final, imaginamos que existe un momento en el
que podremos decir:
“Listo. Ya
está. No tengo nada más que trabajar.”
Pero la vida
no funciona de esa manera.
Cada etapa
puede mostrarnos nuevas partes de nosotros.
Una relación
puede revelar algo que no habíamos visto.
Una pérdida
puede despertar emociones que creíamos superadas.
Un cambio
laboral puede mostrarnos nuestros miedos.
Una nueva
relación puede enseñarnos una forma diferente de vincularnos.
Incluso una
etapa de felicidad puede mostrarnos aspectos de nosotros que necesitan ser
integrados.
Eso no
significa que estemos retrocediendo.
Muchas veces
significa que estamos entrando en una nueva profundidad de nuestra
experiencia.
Por eso no
todo lo que aparece nuevamente significa:
“Tengo que
sanar esto otra vez.”
A veces
significa:
“Ahora puedo
relacionarme con esto de una manera diferente.”
No todo lo que aparece
necesita convertirse en otro proceso de sanación
Esta puede
ser una de las grandes liberaciones.
Vivimos en
una época en la que existe una enorme cantidad de información sobre crecimiento
personal.
Podemos
encontrar explicaciones para casi todo.
Si tienes
miedo, puede ser una herida.
Si tienes
dificultades para relacionarte, puede ser apego.
Si tienes
problemas económicos, puede ser una creencia limitante.
Si repites
una conducta, puede ser un patrón transgeneracional.
Si tienes un
sueño extraño, puede ser un mensaje.
Si aparece
una coincidencia, puede ser una sincronía.
Si sientes
determinada emoción, puede existir una explicación energética.
Y algunas de
estas herramientas pueden resultar significativas para determinadas personas.
Pero existe
un riesgo:
interpretar
absolutamente todo como algo que debemos reparar.
Entonces
dejamos de experimentar la vida y comenzamos a analizarnos permanentemente.
¿Por qué
sentí esto?
¿Por qué
reaccioné así?
¿Qué herida
se activó?
¿De quién
viene?
¿Será de
mamá?
¿Será de papá?
¿Será del
linaje?
¿Será de
otra experiencia?
¿Será
energético?
¿Será
kármico?
¿Será una
vida pasada?
Y mientras
buscamos respuestas…
dejamos de
vivir la experiencia.
La espiritualidad también
puede convertirse en una forma de evasión
La
espiritualidad puede ser una herramienta maravillosa de conexión.
Puede
ayudarnos a encontrar significado, contemplación, presencia, compasión y
profundidad.
Pero también
puede utilizarse para escapar de la experiencia humana.
Podemos
pasar tanto tiempo buscando comprender nuestra vida que dejamos de vivirla.
Podemos
querer interpretar cada señal.
Encontrar
significado en cada acontecimiento.
Buscar
respuestas para cada emoción.
Consultar
constantemente qué nos está diciendo el universo.
Esperar una
confirmación.
Esperar una
señal.
Esperar
sentirnos preparados.
Esperar
elevar nuestra vibración.
Esperar
sanar completamente.
Y mientras
esperamos…
la vida está
sucediendo.
Quizás una
de las formas más profundas de espiritualidad sea justamente volver al
presente.
Comer
conscientemente.
Caminar.
Abrazar.
Reír.
Llorar.
Descansar.
Trabajar.
Crear.
Amar.
Decir que
no.
Decir que
sí.
Mirar el
cielo.
Escuchar una
canción.
Compartir
una conversación.
Hacer algo
que nos apasiona.
Y comprender
que eso también es espiritualidad.
No necesitas estar
completamente sano para amar
A veces
creemos:
“Primero
tengo que sanar para poder tener una relación sana.”
Por supuesto
que trabajar nuestras heridas puede ayudarnos a relacionarnos de manera más
consciente.
Pero ninguna
persona llega a una relación completamente resuelta.
Todos
tenemos historia.
Todos
tenemos sensibilidades.
Todos
tenemos miedos.
Todos
podemos equivocarnos.
Una relación
también puede convertirse en un espacio de aprendizaje.
No porque
nuestra pareja tenga que sanarnos.
Eso sería
cargar al otro con una responsabilidad que no le corresponde.
Sino porque
el vínculo puede mostrarnos cómo estamos aprendiendo a relacionarnos.
Puedes
descubrir que todavía tienes miedo al abandono.
Y aprender a
comunicarlo.
Puedes
descubrir que te cuesta confiar.
Y aprender a
construir confianza.
Puedes
descubrir que necesitas poner límites.
Y comenzar a
hacerlo.
No necesitas
esperar a convertirte en una persona perfecta para permitirte amar.
Puedes
aprender mientras amas.
No necesitas sanar
completamente para comenzar tu proyecto
Otra forma
frecuente de postergación aparece en los sueños.
“Cuando
tenga más confianza, comienzo.”
“Cuando deje
de tener miedo, emprendo.”
“Cuando
tenga más claridad, publico.”
“Cuando sane
mi inseguridad, me muestro.”
Pero quizá
la confianza no llegue antes de comenzar.
Quizá llegue
porque comenzaste.
Hay cosas
que únicamente podemos aprender mientras caminamos.
La claridad
muchas veces aparece después de dar algunos pasos.
La experiencia
aparece después de experimentar.
La seguridad
aparece después de atravesar situaciones que inicialmente nos daban miedo.
No siempre
debemos esperar sentirnos preparados.
A veces
debemos avanzar con una mezcla de miedo y confianza.
Con dudas y
esperanza.
Con
preguntas y curiosidad.
La diferencia entre sanar y
obsesionarse con sanar
Hay una
diferencia sutil.
Sanar puede ayudarte a recuperar
libertad.
Obsesionarte
con sanar puede
convertirse en otra forma de esclavitud.
Cuando todo
el tiempo estás buscando qué está mal contigo, tu atención queda
permanentemente enfocada en el defecto.
Y entonces
aparece una identidad muy difícil de abandonar:
“Soy una
persona que necesita sanar.”
Quizás
durante años.
Y cada nuevo
descubrimiento confirma esa identidad.
“Encontré
otra herida.”
“Encontré
otro patrón.”
“Encontré
otra creencia.”
“Encontré
otra carga.”
“Encontré
otra cosa que trabajar.”
Pero…
¿qué sucede
cuando empiezas a preguntarte también:
¿Qué hay de
bueno en mí que no necesita ser reparado?
¿Qué capacidades
ya desarrollé?
¿Qué cosas
sí superé?
¿Qué
aprendí?
¿Qué
relaciones construí?
¿Qué
experiencias disfruté?
¿Qué parte
de mí está viva?
¿Qué puedo
celebrar?
¿Qué puedo
crear?
¿Qué puedo
compartir?
Porque el
proceso interior no debería consistir únicamente en encontrar problemas.
También
debería ayudarnos a reconocer recursos.
Hay partes de ti que no
necesitan sanación, necesitan permiso
Tal vez una
parte de ti no necesita otra terapia.
Necesita
permiso para descansar.
Tal vez no
necesita otra explicación.
Necesita
llorar.
Tal vez no
necesita otra interpretación.
Necesita
bailar.
Tal vez no
necesita otro curso.
Necesita
poner en práctica lo que ya aprendió.
Tal vez no
necesita otra limpieza energética.
Necesita
decir:
“Esto ya no
lo quiero en mi vida.”
Tal vez no
necesita descubrir qué ocurrió hace cientos de años en su linaje.
Necesita
tomar una decisión hoy.
Tal vez no
necesita saber exactamente por qué tiene miedo.
Necesita
descubrir que puede avanzar aun sintiéndolo.
Esto no
significa negar el pasado.
Significa
evitar que el pasado se convierta en una condición permanente para vivir.
El conocimiento que no se
integra también puede convertirse en carga
Podemos
aprender muchísimo.
Leer libros.
Hacer
cursos.
Participar
en talleres.
Conocer
distintas técnicas.
Aprender
sobre energía.
Meditación.
Reiki.
Tarot.
Registros.
Biodescodificación.
Trabajo
transgeneracional.
Niño
interior.
Terapia
somática.
Espiritualidad.
Y todo ese
conocimiento puede ser valioso.
Pero existe
una pregunta esencial:
¿Qué estoy
haciendo con aquello que ya sé?
Porque
podemos acumular conocimiento espiritual y continuar viviendo de la misma
manera.
Podemos
conocer cien técnicas para soltar y continuar aferrados.
Podemos
hablar de límites y continuar diciendo que sí cuando queremos decir que no.
Podemos
estudiar abundancia y continuar viviendo desde el miedo.
Podemos
estudiar amor propio y continuar tratándonos con dureza.
Podemos
aprender a escuchar nuestra intuición y continuar buscando que otros decidan
por nosotros.
Entonces
quizás no necesitamos aprender más.
Quizás
necesitamos integrar.
A veces el siguiente paso no
es sanar: es practicar
Imagina que
alguien lleva años estudiando cómo poner límites.
Conoce la
teoría.
Sabe qué son
los límites saludables.
Reconoce las
dinámicas familiares.
Comprende el
origen de su dificultad.
Ha trabajado
su infancia.
Ha
reflexionado sobre su historia.
Pero todavía
no puede decir:
“No quiero.”
Quizás el
siguiente paso no sea estudiar otra cosa.
Quizás sea
practicar.
Decir un
pequeño “no”.
Después
otro.
Y aprender
que el mundo no se destruye porque alguien se incomode.
La
transformación ocurre muchas veces de esta manera:
comprender →
experimentar → integrar → vivir.
No
solamente:
comprender →
comprender → comprender.
¿Y si ya estás mucho más
preparado de lo que crees?
Esta
pregunta puede cambiarlo todo.
Quizás
llevas años pensando en aquello que te falta.
Pero…
¿qué pasa
con todo lo que ya tienes?
Ya
atravesaste momentos difíciles.
Ya
aprendiste cosas.
Ya
sobreviviste a experiencias que alguna vez pensaste que no podrías superar.
Ya
adquiriste herramientas.
Ya conociste
partes de ti que antes desconocías.
Ya
aprendiste a levantarte.
Ya
cambiaste.
Ya soltaste
personas.
Ya
atravesaste duelos.
Ya
comenzaste nuevamente.
Quizás no
estás donde quieres estar.
Pero tampoco
estás donde estabas.
Y eso merece
ser reconocido.
A veces
miramos tanto hacia aquello que falta que dejamos de honrar el camino
recorrido.
La vida no comienza después de
la última herida
Imagina que
decides:
“Cuando haya
sanado completamente, comenzaré a vivir.”
¿Cómo sabrás
que terminaste?
¿Quién
determinará que ya estás suficientemente sano?
¿Habrá una
certificación?
¿Un último
bloqueo?
¿Una última
herida?
¿Un último
aprendizaje?
¿Y si
después aparece otra experiencia?
¿Volverás a
detener tu vida?
Por eso
quizá sea más amoroso cambiar la pregunta.
En lugar de:
“¿Cuándo
estaré completamente sano?”
podemos preguntar:
“¿Cómo puedo
vivir hoy de una manera más consciente con lo que soy?”
Esta
pregunta nos devuelve al presente.
Y el
presente es el único lugar donde realmente podemos hacer algo.
Ejercicio: “Mi vida no está en
pausa”
Te propongo
una práctica sencilla.
Busca un
lugar tranquilo.
Respira
profundamente.
Y escribe
tres listas.
Primera lista: “Estoy esperando…”
Completa:
Estoy
esperando sentirme seguro para…
Estoy
esperando sanar para…
Estoy
esperando tener claridad para…
Estoy
esperando perder el miedo para…
Estoy
esperando que ocurra algo para…
No juzgues
las respuestas.
Simplemente
observa.
Segunda lista: “Mientras espero, estoy dejando de
vivir…”
Aquí puedes
escribir:
Estoy
dejando de viajar.
Estoy
dejando de crear.
Estoy
dejando de amar.
Estoy
dejando de disfrutar.
Estoy
dejando de expresarme.
Estoy
dejando de descansar.
Estoy
dejando de compartir.
Estoy
dejando de intentar.
Tercera lista: “Puedo comenzar hoy…”
Ahora
escribe pequeñas acciones.
No grandes
promesas.
Pequeños
pasos.
Hoy puedo
enviar ese mensaje.
Hoy puedo
comenzar ese proyecto.
Hoy puedo
caminar.
Hoy puedo
decir que no.
Hoy puedo
descansar sin culpa.
Hoy puedo
disfrutar.
Hoy puedo
llamar a alguien.
Hoy puedo
escribir.
Hoy puedo
cantar.
Hoy puedo
salir.
Hoy puedo
permitirme estar bien.
Porque la
transformación no siempre necesita ser monumental.
A veces
comienza con una decisión pequeña.
Práctica de integración: “No
necesito estar terminado”
Cierra los
ojos.
Coloca una
mano sobre el corazón y otra sobre el abdomen.
Respira
lentamente.
Y repite:
No necesito
estar terminado para vivir.
Respira.
No necesito
comprenderlo todo para avanzar.
Respira.
No necesito
sanar cada parte de mi historia para permitirme ser feliz.
Respira.
Puedo seguir
sanando mientras vivo.
Respira.
Puedo
aprender mientras camino.
Respira.
Puedo
equivocarme y continuar.
Respira.
Puedo sentir
miedo y avanzar.
Respira.
Puedo tener
heridas y también tener alegría.
Respira.
Puedo honrar
mi pasado sin vivir dentro de él.
Y
finalmente:
Hoy elijo
dejar de esperar mi vida.
Permanece
unos instantes en silencio.
No busques
sentir algo extraordinario.
Simplemente
siente tu respiración.
Porque quizá
esa sea una de las formas más sencillas de regresar a la vida:
estar aquí.
Sanar también significa
aprender a disfrutar
Existe algo
que a veces olvidamos dentro del mundo terapéutico y espiritual:
el placer de
estar vivos.
Nos
acostumbramos tanto a trabajar sobre nosotros mismos que olvidamos simplemente
disfrutar.
¿Hace cuánto
tiempo no haces algo porque sí?
Sin
intención terapéutica.
Sin
propósito espiritual.
Sin querer
sanar nada.
Sin querer
elevar tu vibración.
Sin querer
trabajar una herida.
Simplemente
porque te gusta.
Quizás
necesitamos recuperar el derecho a hacer cosas que no tienen ninguna función
terapéutica.
Tomar un
café.
Escuchar
música.
Ver una
película.
Caminar sin
objetivo.
Cocinar.
Reírnos.
Jugar.
Conversar.
Viajar.
Mirar el
atardecer.
Bailar.
Dormir.
Abrazar.
Eso también
puede formar parte de una vida consciente.
No todo
tiene que transformarte.
Algunas
cosas simplemente pueden disfrutarse.
El presente no necesita estar
perfecto para ser vivido
Tal vez
estás atravesando una etapa difícil.
Tal vez
todavía existen heridas.
Tal vez hay
asuntos pendientes.
Tal vez hay
preguntas sin respuesta.
Tal vez hay
relaciones que necesitan transformarse.
Tal vez
estás atravesando un duelo.
Tal vez
estás comenzando nuevamente.
Y está bien.
No necesitas
negar nada de eso para vivir.
Puedes estar
triste y tomar un café con alguien que amas.
Puedes estar
confundido y caminar bajo el sol.
Puedes tener
miedo y comenzar algo nuevo.
Puedes estar
trabajando en ti y también reírte.
Puedes estar
atravesando una crisis y aun así tener momentos hermosos.
La vida no
es una línea recta donde primero sufrimos, luego sanamos y finalmente somos
felices.
La vida se
parece mucho más a una danza.
Hay días
luminosos.
Días
oscuros.
Días de
expansión.
Días de
recogimiento.
Días en los
que avanzamos.
Días en los
que necesitamos detenernos.
Y todo eso
forma parte de estar vivos.
No conviertas tu historia en
una sentencia
Tu pasado
puede explicar muchas cosas.
Pero
explicar no siempre significa determinar.
Puedes haber
tenido una infancia difícil y construir relaciones sanas.
Puedes haber
vivido pérdidas y volver a amar.
Puedes haber
tenido miedo y desarrollar valentía.
Puedes haber
repetido patrones y comenzar a transformarlos.
Puedes haber
cometido errores y aprender de ellos.
Tu historia
merece ser comprendida.
Pero también
merece ser trascendida.
No necesitas
pasar el resto de tu vida explicando por qué eres como eres.
Llega un
momento en que aparece otra pregunta:
¿Qué quiero
hacer con quien soy ahora?
Esa pregunta
tiene una energía diferente.
Ya no mira
solamente hacia atrás.
Mira hacia
adelante.
Quizás no necesitas otra
respuesta, sino una experiencia
Hay
preguntas que solamente pueden responderse viviendo.
Quieres
saber si eres capaz de hacerlo.
Hazlo.
Quieres
saber cómo será comenzar.
Comienza.
Quieres saber
si puedes confiar.
Da pequeños
pasos.
Quieres
saber si puedes poner límites.
Pon uno.
Quieres
saber si puedes amar nuevamente.
Permítete
conocer a alguien.
Quieres
saber qué sucede cuando muestras tu trabajo.
Muéstralo.
No siempre
necesitamos una certeza previa.
A veces la
certeza aparece después de experimentar.
La vida
también es una maestra.
Y quizás uno
de los errores más frecuentes dentro del crecimiento personal es querer
aprender toda la teoría antes de entrar al aula de la vida.
Pero la vida
ya empezó.
La clase
está sucediendo.
Y nosotros
estamos dentro.
¿Qué pasaría si hoy dejaras de
buscar lo que está mal?
Durante unos
minutos prueba algo diferente.
No busques
tu próxima herida.
No busques
qué tienes que sanar.
No busques
qué patrón estás repitiendo.
No busques
qué bloqueo energético tienes.
No busques
qué parte de tu pasado necesita explicación.
Simplemente
observa:
¿Qué está
funcionando?
¿Qué tienes?
¿Qué
disfrutas?
¿Quién te
quiere?
¿Qué sabes
hacer?
¿Qué has
aprendido?
¿Qué
agradeces?
¿Qué puedes
ofrecer?
¿Qué sueño
todavía vive dentro de ti?
¿Qué
experiencia quieres tener?
Quizás
descubras que hay una parte de ti que no necesita ser arreglada.
Necesita ser
reconocida.
La sanación más profunda puede
ser volver a la vida
Tal vez
sanar no consiste únicamente en dejar atrás el dolor.
Tal vez
también consiste en recuperar aquello que el dolor había apagado.
La capacidad
de confiar.
La capacidad
de disfrutar.
La capacidad
de jugar.
La capacidad
de crear.
La capacidad
de amar.
La capacidad
de sorprendernos.
La capacidad
de descansar.
La capacidad
de decir:
“Estoy vivo
y quiero experimentar esta vida.”
Porque si
después de quince años de trabajo interior seguimos creyendo que todavía no
podemos vivir, quizás necesitamos detenernos y preguntarnos:
¿Qué estamos
esperando?
No para
abandonar nuestros procesos.
No para
negar nuestras heridas.
No para
dejar de buscar ayuda cuando la necesitamos.
Sino para
recordar algo fundamental:
la sanación
está al servicio de la vida.
La vida no
debería convertirse en el precio que pagamos para sanar.
Una nueva manera de
relacionarte con tu proceso
A partir de
ahora podrías cambiar algunas frases.
En lugar de:
“Primero
tengo que sanar y después vivir.”
decir:
“Mientras
vivo, continúo sanando.”
En lugar de:
“Cuando deje
de tener miedo, comenzaré.”
decir:
“Puedo
comenzar aunque exista miedo.”
En lugar de:
“Cuando esté
preparado, daré el paso.”
decir:
“Daré un
paso y descubriré cuánto estoy preparado.”
En lugar de:
“Todavía
tengo mucho que trabajar.”
decir:
“Tengo cosas
que seguir integrando y también tengo mucho que vivir.”
En lugar de:
“No estoy
completo.”
decir:
“Estoy en
proceso y sigo siendo digno de vivir plenamente.”
Hay una
enorme diferencia entre estas dos maneras de mirar nuestra existencia.
Una nos
coloca permanentemente en deuda con nosotros mismos.
La otra nos
permite caminar.
Y si no necesitas esperar al
2087…
Quizás
dentro de algunos años aparezcan nuevas heridas.
Quizás
descubras aspectos de ti que todavía no conocías.
Quizás
tengas nuevas preguntas.
Quizás
vuelvas a necesitar ayuda.
Quizás
atravieses momentos difíciles.
Eso no
significa que hayas fracasado.
Significa
que eres humano.
Pero
mientras tanto…
vive.
Ama.
Crea.
Aprende.
Descansa.
Viaja.
Ríe.
Llora.
Abraza.
Equivócate.
Perdona
cuando puedas.
Pon límites
cuando sea necesario.
Busca ayuda
cuando la necesites.
Celebra.
Agradece.
Haz aquello
que llevas tiempo postergando.
Permítete
estar bien sin sentir que primero debes justificarlo.
Permítete
disfrutar aunque todavía existan asuntos pendientes.
Permítete
avanzar aunque no tengas todas las respuestas.
Porque quizá
nunca llegue ese día mágico en el que puedas decir:
“Ahora sí.
Ya estoy completamente preparado para vivir.”
Y está bien.
Porque la
vida no necesita una versión terminada de ti.
La vida
necesita que estés presente.
Tu vida está sucediendo ahora
Quizás
llevas años trabajando en ti.
Quizás has
hecho un enorme recorrido.
Quizás has
comprendido cosas que antes no comprendías.
Quizás has
soltado mucho.
Quizás
todavía quedan heridas.
No importa.
No necesitas
negar el camino recorrido.
Solo
necesitas recordar hacia dónde conduce.
La sanación
debería devolverte a la vida.
No alejarte
de ella.
Debería
ayudarte a sentir más.
A elegir más
conscientemente.
A
relacionarte mejor.
A conocerte.
A recuperar
tu poder.
A estar
presente.
A disfrutar.
A vivir.
Y quizá hoy
sea un buen día para dejar de preguntarte:
“¿Qué me
falta sanar?”
Y comenzar a
preguntarte:
“¿Qué puedo
vivir con todo lo que ya soy?”
Tal vez esa
pregunta abra una puerta que estabas buscando desde hace mucho tiempo.
Tal vez
descubras que no necesitas convertirte en otra persona.
Que no
necesitas llegar a una versión perfecta.
Que no
necesitas terminar tu proceso para comenzar tu vida.
Porque
mientras buscas sanar cada fragmento de tu historia, existe una parte de ti que
simplemente está esperando que la mires y le digas:
“Ya podemos
vivir.”
Y entonces
quizá puedas sonreír ante aquella vieja frase:
“Hay gente
que lleva 15 años preparándose para estar lista, sana una herida, aparece otra;
sana esa, aparece el linaje; luego una vida pasada; a este paso estará lista
para vivir realmente en 2087.”
Porque
quizás la verdadera pregunta no sea cuánto te falta sanar.
Quizás sea:
¿Cuánto de
tu vida estás dispuesto a dejar de postergar?
No tienes
que esperar al 2087.
La vida que
estás esperando ya está aquí.
Y comienza
exactamente donde estás.
Ahora.
Espero que este post haya colaborado en la reflexión
y así poder ver nuestras vidas no desde el palco principal, sino vernos como
actores de una vida llena de potencial, una que solo espera que nosotros la
elijamos y comencemos a disfrutar cada segundo de ella.
Saludos, mucha luz en sus procesos.
Jorge Magallanes.

No hay comentarios:
Publicar un comentario